CORITA KENT // VER LO QUE NADIE VE
Antes de que observar lo cotidiano se convirtiera casi en una obligación del arte contemporáneo, Corita Kent ya había descubierto que una caja de cereales, un anuncio en la calle o las palabras impresas en un supermercado podían contener una obra.
Hay artistas cuya biografía parece inventada después para hacerlos más interesantes. La de Corita Kent no lo necesita.
Nació como Frances Elizabeth Kent en 1918 y a los dieciocho años ingresó en la orden de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María, en Los Ángeles. Allí sería Sister Mary Corita, estudiaría arte, se convertiría en profesora y terminaría dirigiendo el Departamento de Arte del Immaculate Heart College. Pero reducirla a “la monja artista” sería quedarse precisamente con lo menos interesante de la historia.
Porque Corita enseñaba, sobre todo, a mirar.
Corita Kent // Circus Alphabet©, 1968
A mirar despacio y a mirar otra vez. Llevaba a sus alumnos fuera del aula, fotografiaba carteles, escaparates, objetos, palabras y anuncios; acumuló miles de diapositivas y convirtió aquella cultura visual aparentemente banal en materia prima. Coca-Cola, Wonder Bread, señales de tráfico, tipografías comerciales, fragmentos de literatura o textos religiosos podían terminar conviviendo en sus serigrafías.
Mientras el Pop Art elevaba los productos de consumo a los museos, Corita hacía algo ligeramente distinto: utilizaba ese mismo lenguaje para hablar de amor, esperanza, pobreza, racismo, guerra y justicia social. Sus colores eran alegres; sus asuntos, no siempre. Quizá ahí esté una de las razones por las que su obra continúa resultando tan contemporánea: entendió que un mensaje serio no tenía por qué tener aspecto de mensaje serio.
En 1964 asumió la dirección del departamento de arte del Immaculate Heart College, que se convirtió en un extraordinario laboratorio creativo. Por allí pasaron figuras como John Cage, Buckminster Fuller o Saul Bass, y las reglas de trabajo que Corita y su entorno desarrollaron terminarían convirtiéndose en las célebres Ten Rules, todavía hoy reproducidas en estudios y escuelas de arte.
En 1968 dejó la vida religiosa y se marchó a Boston. Su obra cambió con ella: se hizo más contenida, más silenciosa, quizá también más íntima. Cuando murió en 1986 había producido cerca de 800 ediciones serigráficas, además de miles de acuarelas y numerosos encargos públicos y privados.
Pero hay algo de Corita que me interesa todavía más que sus cifras, sus exposiciones o su lugar dentro de la historia del diseño: la posibilidad de que el arte empiece con la observación, estando presente.
Tal vez por eso merece la pena volver a ella ahora. La próxima vez que camines por tu ciudad, prueba a hacer el ejercicio de Corita: mira un cartel, una bolsa, una palabra mal colocada, el color de un envase. Mira aquello que normalmente descartas. Puede que no encuentres una obra de arte. O puede que sí.