NATALIA GAVIRA // EL ARTE DE DESTRUIR UNA CARRERA PARA COMENZAR OTRA
Por Natalia Gaviria, @nataliagaviriagarcia
Rosa / Natalia Gavira©
Toda carrera artística tiene dos finales posibles: repetir aquello que un día funcionó o tener el valor de destruirlo para descubrir quién podríamos llegar a ser.
Existe una pregunta que casi ningún artista se atreve a formular: ¿qué ocurre cuando la mayor amenaza para una carrera no es el fracaso, sino el éxito? A veces, el verdadero riesgo no consiste en empezar desde cero, sino en seguir haciendo aquello que ya sabemos hacer. En el arte, repetir una fórmula puede ofrecer reconocimiento, pero también puede convertirse en una forma silenciosa de renunciar a la evolución.
Vivimos en una época que premia la coherencia. Se espera que un artista tenga un estilo reconocible, una firma visual y una narrativa estable. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos si esa coherencia nace de una convicción profunda o del miedo a perder aquello que ya hemos construido. La comodidad también puede convertirse en una prisión cuando deja de existir curiosidad.
Pero cambiar de lenguaje implica aceptar una pérdida. Se pierde la seguridad, la certeza de saber cómo resolver una obra y, en ocasiones, la validación de quienes esperaban que siguiéramos siendo los mismos. Existe, además, otra pérdida mucho más silenciosa: la de las certezas materiales.
Reiniciar una carrera artística también significa enfrentarse a preguntas incómodas. ¿Llegará el día en que alguien quiera vivir con aquello que hoy ocupa todos mis pensamientos? ¿Será posible construir una vida a partir de una obra que todavía está encontrando su lugar? ¿Vale la pena renunciar a ciertas comodidades para perseguir un futuro que nadie puede garantizar?
Son preguntas que rara vez aparecen en los catálogos de una exposición, pero que habitan el estudio de muchos artistas. El miedo a no vender. El miedo a haber comenzado demasiado tarde. El miedo a volver a intentarlo después de sentir que las cosas no salieron como imaginábamos. El miedo a descubrir que la pasión no siempre alcanza para pagar las cuentas.
Durante mucho tiempo pensé que esos temores eran señales de debilidad. Hoy empiezo a sospechar que forman parte del oficio. Porque crear no consiste únicamente en producir una obra; también implica convivir con la incertidumbre, sostener la disciplina cuando los resultados no llegan y seguir creyendo en un proceso que muchas veces solo el artista alcanza a ver.
Pienso en Agnes Martin, quien defendía que la verdadera obra nacía del silencio interior y no de la aprobación externa. Recuerdo a Paul Klee, cuando escribió que «el arte no reproduce lo visible, sino que lo hace visible». Y vuelvo una y otra vez a Louise Bourgeois, que convirtió sus miedos, contradicciones y heridas en el material más fértil de su trabajo. Ninguno de ellos esperó a sentirse completamente seguro para crear. Comprendieron que la incertidumbre no era un obstáculo para el arte, sino parte de su naturaleza.
Hay días en los que resulta inevitable preguntarse si todo este esfuerzo vale la pena. Si cambiar la estabilidad por una búsqueda incierta fue una decisión sensata. Si la espera tendrá algún sentido. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que quizá la pregunta correcta nunca fue si el arte puede garantizar una vida cómoda.
¿Qué precio tendría renunciar a aquello que sentimos que estamos llamados a crear?
Felicidad / Natalia Gavira©
La historia del arte demuestra que las transformaciones más importantes nacieron cuando alguien estuvo dispuesto a abandonar un territorio conocido para explorar otro sin garantías. Ninguna evolución verdadera ocurre sin incomodidad. El crecimiento creativo exige aceptar que, durante un tiempo, volveremos a ser principiantes.
No sé cuánto tardará este nuevo lenguaje en encontrar su lugar. No sé cuántas obras necesitaré pintar antes de sentir que esta búsqueda empieza a dar sus frutos. Tampoco sé si algún día podré vivir exclusivamente de mi trabajo como artista.
Lo único que sé es que habría un fracaso mucho mayor: abandonar este camino por miedo antes de descubrir hasta dónde podía llegar.
Quizá destruir una carrera no signifique borrar lo que hemos construido, sino negarnos a convertirnos en una copia de nosotros mismos. Cada etapa deja una huella, pero ninguna debería convertirse en una frontera.
El arte nunca me prometió una vida cómoda. Me prometió una vida auténtica.
Y hoy, en medio de todas las dudas, los sacrificios y la incertidumbre, sigo creyendo que esa promesa merece ser defendida.
Porque quizá el éxito no consista en encontrar un estilo que el mundo recuerde, sino en conservar el coraje de seguir transformándose cuando nadie garantiza que el siguiente paso será mejor.
Porque, al final, el verdadero fracaso no es cambiar de rumbo. Es dejar de crear por miedo a no llegar.
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