NATALIA GAVIRA //¿BRILLAR EN EL ARTE ES CUESTIÓN DE TALENTO, SUERTE O CONTACTOS?

Por Natalia Gaviria, @nataliagaviriagarcia

Obra de Natalia Gavira® // Todos los derechos reservados.

El talento importa, pero no garantiza visibilidad; la suerte existe, pero no se puede construir una carrera sobre ella; y los contactos abren puertas, pero no necesariamente sostienen una trayectoria. El verdadero problema es que el mundo del arte no distribuye la visibilidad de manera proporcional al talento.

Nos gusta creer que una buena obra encuentra su camino, que el talento termina siendo reconocido y que quien trabaja lo suficiente, tarde o temprano, será descubierto. Es una idea tranquilizadora. También es, probablemente, una de las mayores ficciones que rodean la carrera de un artista.

Porque basta mirar la historia del arte para descubrir que talento y reconocimiento nunca han sido exactamente la misma cosa. Van Gogh murió sin conocer la dimensión del reconocimiento que tendría su obra. Agnes Martin desarrolló durante décadas una práctica silenciosa, alejada de los circuitos más estridentes del arte. Louise Bourgeois trabajó durante años antes de convertirse en una figura central del arte contemporáneo. Yayoi Kusama pasó largos periodos prácticamente fuera del centro de atención antes de convertirse en uno de los nombres más reconocibles del arte contemporáneo.

Entonces, ¿qué ocurrió? ¿Apareció de repente el talento? No. Lo que cambió fue la visibilidad. El talento es el comienzo, no la garantía. El talento importa. Sería absurdo negarlo. Una carrera artística difícilmente puede sostenerse durante décadas sin una obra capaz de generar preguntas, emociones, conversaciones o nuevas lecturas. Pero existe una diferencia fundamental entre tener algo que decir y conseguir que alguien lo escuche. Hay miles de artistas produciendo obras extraordinarias en este mismo momento. Algunos están en galerías, ferias y museos. Otros trabajan en estudios pequeños, en ciudades alejadas de los grandes circuitos, mientras mantienen otros empleos para poder financiar su práctica. La calidad no desaparece porque nadie la esté mirando. Simplemente permanece invisible. Y aquí aparece una de las paradojas más incómodas del arte: podemos confundir el éxito con el talento cuando, en realidad, estamos viendo el resultado de muchas variables que ocurrieron alrededor de ese talento.

La suerte también pinta. Basquiat es un buen ejemplo de cómo una carrera puede encontrarse con el momento histórico adecuado. Su obra apareció en el Nueva York de los años ochenta, en un contexto de enorme efervescencia artística, galerías, coleccionistas, críticos y nuevos lenguajes. Su relación con figuras como Andy Warhol también amplificó su visibilidad. ¿Significa esto que Basquiat no tenía talento? Todo lo contrario. Significa que el talento encontró un contexto capaz de amplificarlo. Y ahí está la diferencia. La suerte no crea necesariamente al artista, pero puede decidir cuándo el mundo comienza a mirarlo. Una exposición que llega en el momento correcto. Un coleccionista que entra a una galería. Un curador que descubre una obra. Una recomendación. Una coincidencia. Una conversación. Podemos trabajar durante años para estar preparados. Pero no podemos controlar el momento en que aparece la oportunidad.

Y después están los contactos. Esta es quizás la parte que menos nos gusta reconocer.

El mundo del arte es también un mundo de relaciones. Los contactos no garantizan una carrera, pero pueden determinar quién entra primero a determinadas conversaciones. Marina Abramović construyó durante décadas una trayectoria que hoy parece inevitable, pero detrás de esa trayectoria existe también una extensa red de colaboraciones, instituciones, galerías, curadores y artistas. Yayoi Kusama tampoco llegó a ser Kusama únicamente porque tenía una obra singular. Hubo decisiones, encuentros, galerías, instituciones y circunstancias históricas que contribuyeron a que esa obra alcanzara una escala global.

Esto no disminuye su trabajo. Lo hace más interesante. Porque nos obliga a abandonar la fantasía del artista completamente aislado que triunfa únicamente gracias a su genialidad. El arte se crea en soledad muchas veces, pero las carreras artísticas rara vez se construyen completamente a solas.

El verdadero privilegio: ser visto. Quizás el verdadero privilegio no sea tener talento. Sea tener la oportunidad de que ese talento sea visto. No todos comienzan desde el mismo lugar. No todos tienen acceso a las mismas ciudades, estudios, materiales, ferias, galerías, escuelas, viajes o personas. Y tampoco todos tienen el mismo tiempo para construir una carrera. Por eso decirle a un artista “si eres suficientemente bueno, lo conseguirás” puede ser tan injusto como decirle a alguien que no fue visto que simplemente no era suficientemente bueno. Hay una diferencia enorme entre ser rechazado y ser invisible. Cuando una galería rechaza una obra, al menos la ha visto. Cuando un curador dice que no, hubo una conversación. Pero ¿qué ocurre cuando nadie llega a mirar?

Quizás no se trata de brillar. Tal vez hemos construido una idea equivocada alrededor de la palabra “éxito”. Pensamos en nombres, exposiciones, museos, coleccionistas, seguidores, ventas y titulares. Pero detrás de cada artista que hoy parece inevitable hubo algo que no siempre vemos: años de trabajo, momentos de invisibilidad, puertas cerradas, decisiones difíciles y, en algunos casos, circunstancias imposibles de planificar. Van Gogh no tuvo el reconocimiento en vida. Bourgeois tuvo que esperar décadas. Kusama atravesó periodos de enorme aislamiento antes de convertirse en un fenómeno global. Agnes Martin eligió incluso apartarse de determinados circuitos. Y Basquiat encontró un momento histórico que amplificó una voz que ya existía. Ninguna de estas historias puede reducirse a talento, suerte o contactos.

Y quizás precisamente ahí está la respuesta. El talento puede crear la obra. La suerte puede acelerar el encuentro. Los contactos pueden abrir la puerta. Pero ninguna de las tres cosas, por separado, construye una trayectoria. Lo que sí parece construirla es la capacidad de permanecer. Permanecer cuando nadie mira. Permanecer cuando una exposición no llega. Permanecer cuando una obra no se vende. Permanecer incluso cuando aparece la tentación de cambiar aquello que eres, para parecerte a lo que el mercado está buscando. Porque quizás el mayor riesgo para un artista no sea no ser descubierto. Sea comenzar a crear únicamente para ser descubierto. Y entonces la pregunta cambia. Ya no es: ¿Tengo suficiente talento para brillar? Es: ¿Tengo algo que decir que seguiría diciendo incluso si nadie estuviera mirando?

Quizás ahí comienza una carrera artística de verdad. No cuando finalmente te ven. Sino cuando decides seguir creando antes de que lo hagan.

Ramón Jiménez Lobo