NATALIA GAVIRA // LA SOLITUD DEL ARTISTA

Alpes // Fotografía de la obra de Natalia Gavira®

El silencio como espacio de libertad

Por Natalia Gaviria, @nataliagaviriagarcia

Hay una diferencia sutil entre estar solo y elegir estar a solas. La soledad suele nombrar una ausencia que duele: la falta de compañía, de reconocimiento, de alguien que confirme que nuestra experiencia importa. La solitud, en cambio, puede ser una forma de presencia. No elimina la necesidad de los demás; nos permite descubrir que también podemos habitarnos sin esperar que alguien venga a rescatarnos del silencio.

Para el artista, esta diferencia puede cambiar por completo la relación con su trabajo. Crear exige entrar en un territorio donde todavía no hay respuestas: una intuición sin forma, una imagen que insiste, una pregunta que no se deja resolver. Antes de convertirse en obra, todo eso vive en una zona íntima y vulnerable. Allí no hay aplausos ni garantías. Hay atención, ensayo, error y la disposición a permanecer frente a lo desconocido.

La solitud comienza en otro lugar. No necesariamente cuando desaparecen las dificultades, sino cuando dejamos de depender por completo de ellas para definir nuestra relación con la creación. Elegir estar a solas no significa renunciar al mundo. Significa dejar de exigirle una respuesta inmediata para poder continuar existiendo dentro de él. Hay una libertad particular en trabajar sin imaginar constantemente cómo será recibida la obra; en experimentar con una forma que quizá nadie comprenda, investigar un tema que no parece estar de moda o dedicar semanas a resolver un detalle que probablemente pase inadvertido.

En esos momentos, el artista no trabaja para satisfacer una expectativa inmediata: explora una pregunta que necesita responderse. La creación recupera entonces un derecho fundamental: no tener que ser útil, rentable, visible ni comprensible de inmediato.

Crear requiere tiempo, autonomía y un territorio donde la mirada ajena no determine cada decisión. Esa habitación puede ser un estudio, una mesa junto a una ventana o, sencillamente, un periodo de la vida que decidimos proteger para pensar.

La solitud ofrece al artista la posibilidad de equivocarse sin testigos, cambiar de opinión, abandonar una idea y comenzar otra. Le recuerda que no todo proceso creativo debe desembocar rápidamente en una obra terminada y que no todo tiempo aparentemente improductivo es tiempo perdido. A veces, lo decisivo ocurre lejos del lienzo o de la página: mientras caminamos, observamos, leemos, recordamos o dejamos que una experiencia se asiente. La sensibilidad necesita recibir tanto como expresar. Sin embargo, en una época que nos invita a mostrar constantemente lo que hacemos, el silencio puede parecernos sospechoso. Sentimos que debemos publicar, compartir y demostrar que seguimos activos. La obra comienza a convivir con preguntas sobre su visibilidad, su aceptación y su capacidad para despertar interés.

Encontrar un público importa. El reconocimiento puede abrir oportunidades y establecer conexiones necesarias para sostener una trayectoria. El problema surge cuando esa mirada externa se convierte en la única medida de nuestro trabajo. Entonces, corremos el riesgo de crear para no desaparecer, en lugar de crear para descubrir algo.

Henry David Thoreau escribió en Walden: “Nunca he encontrado una compañía tan compañera como la soledad”. En esta paradoja hay una invitación a descubrir que estar a solas no equivale necesariamente a sentirse abandonado. Puede ser una forma de compañía con la propia curiosidad, con el paisaje y con pensamientos que solo conseguimos escuchar cuando disminuye el ruido exterior. Esto no significa romantizar el aislamiento ni convertir el sufrimiento en requisito creativo. El dolor no hace automáticamente mejor a un artista, y el abandono no es una virtud. Necesitamos afectos, conversaciones, comunidad y reconocimiento. Creamos a solas, pero nunca somos el resultado exclusivo de nosotros mismos: nuestra obra está atravesada por la cultura, la memoria y las personas que nos han marcado.

La libertad consiste, quizá, en poder sostener dos deseos sin confundirlos: querer que nuestra obra encuentre a otros y no depender de esa respuesta para seguir escuchando nuestra propia voz.

En Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke propone una actitud de paciencia ante las preguntas que todavía no podemos resolver. Su reflexión resulta especialmente pertinente para la creación: hay procesos que necesitan tiempo, dudas que no deben cerrarse prematuramente y transformaciones que solo comprendemos cuando han ocurrido. La solitud permite que una pregunta permanezca abierta sin que interpretemos esa incertidumbre como un fracaso.

Quizá el artista necesite aprender a distinguir entre el silencio que lo hiere y el silencio que lo libera. El primero aparece cuando la ausencia de reconocimiento se convierte en una medida de su valor; el segundo, cuando puede continuar explorando sin exigir una confirmación inmediata. Uno lo encierra en la espera; el otro le devuelve la posibilidad de actuar. La solitud no garantiza una gran obra, una carrera exitosa ni una vida sin frustraciones. Ofrece algo menos espectacular, pero quizá más importante: un espacio interior desde el cual volver a empezar. Un lugar donde experimentar, dudar y cambiar sin tener que justificar cada paso.

La soledad nos recuerda lo que sentimos que nos falta. La solitud nos invita a descubrir lo que todavía podemos encontrar en nosotros mismos. Porque el artista necesita al mundo, pero también necesita un lugar al que regresar cuando el mundo no responde. Un lugar donde no tenga que demostrar nada, donde la creación no dependa enteramente de la aprobación ajena y donde todavía sea posible escuchar una idea antes de que se convierta en producto, una intuición antes de que se convierta en discurso, una voz antes de que alguien decida escucharla.

Un lugar donde estar a solas no signifique estar solo, sino, sencillamente, ser libre para crear.

Océano // Fotografía de la obra de Natalia Gavira®

En portada del artículo Obra: Lava // Fotografía de la obra de Natalia Gavira®

Ramón Jiménez Lobo