VIVIAN ABIGAIL ESTRADA AMADOR // DOS LATIDOS UN MISMO VUELO
Cada fotografía nace de un instante único, pero algunas vibran tan fuerte que terminan por anidar en el alma de quienes las contemplan. Así nació Dos latidos, un mismo vuelo, una obra que ha tocado corazones por la sencillez de su mensaje y la profundidad de su sentir.
Capturada en un momento de silencio y contemplación, esta imagen fue parte de la exposición Alas de amor, mías, una colección que celebra la libertad, la esperanza y la capacidad del amor de expandirse más allá de sus formas tradicionales.
En esta obra, dos pequeñas aves se encuentran, no desde el contacto, sino desde la presencia, regalándonos la certeza de que, a veces, simplemente estar basta para sentirnos amados.
El público no solo vio en ellas una pareja: vio a sus padres, a sus hijos, a sus amigos, e incluso a ellos mismos. Y es que este vuelo compartido nos recuerda que el amor verdadero también se vive en la complicidad de los silencios.
La creación de esta imagen, más que una búsqueda estética, fue un encuentro con la esencia misma del amor. Recuerdo ese día: la luz era tenue y el aire estaba cargado de calma, mientras la lluvia asomaba por el viento. Al observar las aves, supe que debía capturar ese instante: dos vidas latiendo al unísono, compartiendo un rincón sin prisa, sin exigencias, como si ellas supieran que debían posar al lente para viajar por el mundo a través de emociones vivas de los espectadores.
Me acerqué con respeto, con esa emoción que se siente cuando sabes que algo especial está por suceder. Cada detalle fue cuidado: el ángulo que resaltara su cercanía sin invadir, entendiendo que la fotografía de naturaleza, más que capturar la belleza del mundo natural, es un acto de respeto profundo hacia los seres vivos y sus hábitats.
Vivian Abigail Estrada Amador // Dos Latidos Un Mismo Vuelo©
La ética en esta práctica implica observar sin invadir, retratar sin alterar, y, sobre todo, entender que cada especie tiene su espacio y su ritmo, que deben ser preservados. En la creación de esta fotografía, esta ética fue el pilar que guio cada decisión: desde la elección del lente de 300 mm, que me permitió mantener una distancia prudente, hasta la paciencia de esperar el momento exacto sin forzar ninguna interacción, ya que no se alteró el entorno para lograr la toma.
Así también, la composición equilibró la escena desde un ángulo frontal ligeramente elevado, lo que permitió realzar la cercanía emocional entre las aves y generar un equilibrio visual que transmite armonía.
La paleta cromática, dominada por tonos cálidos y terrosos, se combina con el verde atenuado del fondo y la textura oxidada del metal, creando un contraste visual que potencia la suavidad del plumaje y refuerza la calidez de la escena.
Pero más allá de la técnica, fue mi propia necesidad de expresar que el amor verdadero no necesita ataduras lo que dio vida a esta obra. Ese amor que yo también anhelo, ese amor que yo también aprendo a ser.
Dos latidos, un mismo vuelo no solo es la imagen de dos aves, es una invitación a reconocer que el amor habita en lo sencillo, en lo cotidiano, en lo no dicho.
Es la complicidad que se teje cuando dos almas se encuentran sin pretender cambiarse, solo acompañarse. Para muchos fue una imagen de pareja, pero para mí, también fue la representación de aquellos amores que no necesitan nombres, pero representan el abrazo de la vida misma.
Es también el amor propio, ese que florece cuando somos capaces de sentarnos al lado de nuestro ser, en paz, sabiendo que estar aquí es suficiente.
Esta obra ha sido un espejo para quienes la han contemplado, despertando recuerdos, anhelos y, sobre todo, la esperanza de que aún existen amores que vuelan libres, pero juntos.
Durante la exposición Alas de amor, mías, esta obra fue una de las más queridas. Vi sonrisas, suspiros y miradas que se detenían en ella como quien se encuentra con un viejo recuerdo. Personas que se reconocían en ese pequeño instante de ternura, que entendían que el amor también es estar sin pedir, sin prometer, solo ser.
Y ahora, tener la oportunidad de llevar Dos latidos, un mismo vuelo a una escena internacional como el Salón de Primavera en París es para mí un acto de gratitud y fe.
Gratitud por haber podido compartir mi visión del amor con tantas almas, y fe en que las emociones no conocen fronteras.
Espero que, al contemplarla, más corazones sientan el llamado a creer en ese amor sencillo, puro, que solo necesita un mismo cielo para volar.
La imagen fue fruto de la observación atenta, de dejar que la naturaleza se mostrara en su estado puro, y de entender que el verdadero arte está en capturar lo que es, no lo que quisiéramos que fuera.
Como fotógrafa, me comprometo a honrar la vida en cada toma, y a recordar que el respeto por cada criatura es lo que le da valor y autenticidad a mi trabajo.
Vivian Abigail Estrada Amador en su estudio©