PILAR MAINOU // CUERPO, COLOR Y CUIDADO DE LA PINTURA
Las obras de Pilar Mainou no están hechas solo para mirarse, sino para sentirse. El color se mueve, se acumula, se derrama y envuelve al espectador. Frente sus cuadros no hay una mirada fija, sino una experiencia: la mirada entra, recorre, se pierde y vuelve a aparecer. Es una pintura que vive con el cuerpo.
Su trabajo se sitúa dentro de la abstracción gestual, pero sin dramatismo ni gestos exagerados. Pintar para Mainou es una acción física y atenta. El trazo pude ser fuerte, rápido o amplio, pero siempre hay control y cuidado. La obra se construye desde esa relación directa entre movimiento, material y tiempo.
Las series que desarrollan no buscan contar historias ni representar objetos. Funcionan mas bien como reflejos de estado internos. Palabras como respiración, refugio, viaje, hambre o apertura no describen lo que aparece en el lienzo, sino la sensación desde que la pintura fue hecha. El color no explica emociones, las provoca. Cada cuadro tiene su propio pulso.
En su pintura hay un interés claro por el gesto amplio y por la manera en que el color construye el espacio. Mas que una composición cerrada, cada obra se presenta como un campo de energía donde el color se filtra, se absorbe y deja ver la textura de la tela. La superficie no solo es soporte, sino parte activa de la obra.
Algunos cuadros se sienten densos y cálidos otros mas frescos y abiertos. Cada uno propone una experiencia distinta, casi físicamente, que depende del ritmo del espectador. Las obras parecen estar al límite, pero se equilibran a través de decisiones precisas. En esa tensión entre desorden y contención se sostiene el trabajo de Mainou: una manera de estar en el mundo desde la sensibilidad, la atención y el color. Saber cuando detenerse forma parte fundamental de su obra.
El taller es para ella un espacio de trabajo sostenido y concentración. Un lugar donde el cuerpo, el gesto y la mirada se alinean a través de la practica diaria. Pintar es una forma de presencia.
En el trabajo de Mainou, el desborde no es exceso sin medida, sino energía contenida. Cada pintura se sostiene en ese punto frágil entre intensidad y pausa, entre gesto y silencio. Ahí reside la fuerza de su obra: en la capacidad de crear espacios sensibles donde el cuerpo, el color y el tiempo se encuentran y donde pintar sigue siendo una forma honesta y necesaria de cuidado.
Este repertorio de gestos y densidades construye una gramática material muy coherente algo largo de la serie. El cuadro nunca se resuelve de un solo trazo: frente a la homogeneidad del -color field- clásico, aquí hay siempre un cierto grado de fricción, de contradicción interna. El gesto rápido convive con el gesto lento; la mancha opaca con veladuras que dejan ver lo que hay debajo; la curva dulce con gestos casi agresivos. Pero esta complejidad no desemboca en ruido. Se percibe cuidado por el equilibrio: zonas de intensa actividad gestual se competan con espacios de mayor respiración. Es una sensación de pulso, como si fuesen diástole y sístole.
Interesa pensar el color como forma de posición. En este sentido podría hablarse de una política de la alegría. No porque Mainou haga un discurso explicito sobre lo colectivo, sino porque afirma, en su insistencia en el placer visual y en la energía del gesto, que todavía es posible encontrar formas de intensidad compartida que no pasa por la lógica del espectáculo ni por el cinismo. Hace un eco en la lucha de la mujer por la abstracción, que durante décadas fueron leídas como notas de pie de un relato protagonizado por hombres. La obra de Pilar Mainou se suma a esa lectura del canon, continuando con la investigación del color y del gesto como lenguaje de autonomía y deseo.
La obra de Mainou se presenta como un espacio de ensayo para la sensibilidad contemporánea. Un lugar donde detenerse para respirar con la mirada y dejar que el color nos afecte de maneras que todavía no sabemos nombrar, imaginando también que el futuro puede tener una coreografía luminosa.